La paradoja de la vitrina llena y el plato vacío

A veces entro a LinkedIn y siento que estoy caminando por una avenida principal llena de carteles brillantes que anuncian vacantes, oportunidades y el “empleo de tus sueños”. Las publicaciones aparecen una tras otra, se repiten, se actualizan y vuelven a pasar frente a mis ojos como un eco infinito, es curioso, porque aunque la plataforma rebosa de ofertas, hay una sensación extraña en el aire: la de miles de personas postulando con ilusión, mientras parece que nadie, absolutamente nadie, logra encajar en esos requisitos que a veces rozan lo imposible.

Es agotador navegar en un mar de algoritmos donde das clic en “enviar solicitud” y el silencio se vuelve la única respuesta, pero lo más llamativo no es solo la falta de noticias sobre los empleos, sino quiénes sí deciden aparecer en nuestra bandeja de entrada. Seguramente te ha pasado: abres una notificación esperando ese contacto profesional que tanto buscas, y te encuentras con alguien que quiere venderte un curso, un seguro o un negocio “infalible”, de pronto, una red que nació para conectar talento con propósito parece haberse convertido en un gran mercado persa donde todos quieren venderte algo, pero pocos quieren conocer quién eres de verdad.

¿De qué va todo esto entonces? ¿En qué momento perdimos el norte de la conexión humana? Trasfondo hay mucho, desde empresas que publican vacantes para mantener visibilidad hasta sistemas automatizados que filtran currículums sin mirar siquiera la chispa que hay detrás de cada profesional, la tecnología, que debería ser el puente para acercarnos a nuestro siguiente paso laboral, a veces se siente como un muro de cristal: vemos lo que hay al otro lado, pero no logramos tocarlo.

Sin embargo, no quiero que nos quedemos con ese sabor amargo, aunque la plataforma parezca por momentos un desierto de respuestas reales, debemos recordar que la herramienta es solo eso, una herramienta, el verdadero valor sigue estando en nosotros, en la capacidad de no rendirnos y de entender que un algoritmo no define nuestra valía ni nuestra capacidad, quizás el truco no sea gritarle más fuerte a la pantalla, sino empezar a buscar esas conexiones pequeñas y reales, esas que ocurren fuera del ruido de las publicaciones repetidas. Al final del día, la tecnología propone, pero somos los humanos quienes debemos rescatar el propósito de encontrarnos.

Gracias por leer hasta acá. Si este texto te hizo pausar, sentir o mirar distinto, ya cumplió su propósito. Nos vemos en el próximo.

— Yenny Tecnología con alma y corazón🤍

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